sábado, 29 de marzo de 2008

Babilonia cae

Estoy viendo borroso. Desparecieron las tres últimas cartas que habían sobre la mesa y comencé a ver todo como a través de un lente empañado. ¿O será el mundo que se esta borroneando? Da igual. De todas formas mañana a primera hora tendré que ir a ver al oculista. ¿Dónde habrán terminado las cartas? Esas malditas, seguro fue Articefio a esconderlas. Si no fuera porque tiene cien años más de experiencia que yo. Ciento tres, para cuadrar bien las cuentas. Y el bufón sigue cantando como si nada. Por lo menos ya no lo veo, ni a sus chillonas cintas multicolores. El rey parece dormido. No sabe del complot. No sabe que sus asesinos son aquellos mismos en quien más confía. Bien. Nunca me gustó tampoco. Parece que con la edad me voy poniendo más quejumbroso, ya nada me llama la atención, por lo menos en la buena manera. Si hay algo que logre conmoverme, de seguro es una mujer desnuda en mi cama. Me conmuevo de mi mismo. Parado, sin poder hacer nada. Sólo la delicia para los ojos. Que más encima se me están echando a perder. Demonios.
Y como si del más allá los hubiese invocado, bajo el llamado de Hasufal, el Señor de las Tierras Subterráneas, aparecieron frente a mí. Rojos, tal como los describen las crónicas y anales de no se qué poeta loco. Con su sonrisa que asoma dientes afilados y blancos, y una cola por cada trasero que se materializó. Y por pocos centavos me compraron el alma. En fin, ya no la usaba mucho y corría el riesgo de estropearse. Con este dinero, me compraré una casa frente a un lago. O mejor me compro el lago. ¿Cuánto puede llegar a costar un lago sin orillas? Supongo que no mucho. Y las cartas no aparecen. Creo haber visto tres reinas de corazones, si bien insisto en que mi vista no es algo en lo que pueda confiar mucho. Mi historia:
Nací en un lugar del que no vale la pena acordarse, digo así porque ni siquiera yo me acuerdo. A los tres años de vida fui trasladado a Babilonia la Eterna, de donde nunca he puesto un pie fuera. Mi madre me vendió a un mercante de esclavos, junto a mi dote de encantador de serpientes. Y mi alma. Una vez probé con un cocodrilo, pero se llevó mi mano derecha. Así llegué a la corte real, donde obtuve todo lo que quería menos mi libertad. Y hoy día, propio esta noche, mi amo me la jugó a las cartas. Yo tenía todo para vencer, cuando un despiste, una llamada del vacío me hizo girar la cabeza y las cartas desaparecieron. ¿Y qué tienen que ver los demonios a todo esto? No tengo idea. Ahí están, devorando las sobras del banquete, toqueteando a las señoras, y a las no tanto, y emborrachándose con el vino envenenado. Benditos ellos, que no pueden morir. Pronto acá será un desastre; cuando el veneno haga su efecto, toda la corte caerá inerte al piso como acariciados por la peste. Y dicen los sabios que Babilonia caerá también, y a sus pies los cimientos más profundos saldrán a la luz del sol. ¿Y qué me importa? Si no encuentro mis cartas, de seguro quedare ciego, y más encima sin mi alma, que caiga Babilonia o se abra el cielo, me encante cual serpiente que no pueda despertar.

Y al día siguiente cayó Babilonia, y todos quedamos convertidos en estatuas de sal, en oscilantes formas que danzan como reptiles al sol...

Y al día siguiente cayó Babilonia la Eterna, y la sal oscilaba frente a un desierto de sol, como reptiles, como formas...

Y al día siguiente la Eterna oscilaba, cayendo, convirtiéndose en sal, convirtiéndose en sol...

Y al día siguiente cayó Babilonia

Y Babilonia no fue más llamada la Eterna, sus formas se convirtieron en sal, en reptiles, en danzas frente al sol...

Oscilaron
Como reptiles al sol... eternos, inmóviles como estatuas de sal...

Babilonia cae....
Frente a mis ojos que ya no ven sino siluetas, estatuas de sal.
Y en mi cama, desnudas, tres reinas de corazones, que me devoran como un reptil. Como un reptil. Como a un reptil. Un reptil, a un reptil, como un reptil.
(este es el fin)

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