-La "China" trabaja para la central de inteligencia estatal...
-¿Es como una espía?
-Y da información. Por eso te llevaron con ella. En la aduana saben. Los taxistas andan con radio, ¿te fijaste?
-... ¿si?
-¿No viste como un gualqui talki?
-Ah si - Ni yo mismo me creí esa respuesta
-Así que cuidado con lo que hables con ella
-Ajá
-En verdad acá no hay que confiar en nadie. Pero tienes que tener el corazón abierto.
Me deslizo en mi cuarto como si fuera un centro de detención de la CIA. La "China" esta viendo tele. 35 euros. Y encuentro 15 pesos. Mejor los dejo. Sospecho.
-¿De dónde eres, hermano?
-De Chile. Santiago.
-¿Y qué haces por estos lados?
-Vine a regalar plata.
-¿Y cómo es eso? - Un centelleo de película
-Y... me calzaron con 20 euros.
Una sinfonía de peces con forma de niños nada a mi alrededor. Se corrió la voz. Algo de carnada puede quedar en ese anzuelo liso.
La hija de la "China" quiere quejarse frente al comité de no se qué, y en la oficina de muchas cosas. Tiene miedo. Abrir la boca en el lugar no indicado te puede hacer tragar moscas demasiado grandes. Irónicamente, se la pasan fumigando la ciudad.
No quiero ni asomarme del susto.
-Él estaba advertido. Si le habían dicho que no hiciera eso en la calle.
El gordo burócrata tropical. Suda. Todos sudan.
Delgada, casi perfecta en su uniforme verde, ella me ayuda. Fantasía del gordo. Todas las noches suda más pensando en ella.
Comienza la historia: El Francés era policía en su país y en los barrios bajos lo dejaron descalzo y sin collares ni cadena. En un barrio chino donde no hay chinos, donde todo cuesta oro y nadie tiene nada. Me envuelvo en una nube húmeda. Despacito, con sopor. Sudando. Con nostalgia, en otro lugar del tiempo, donde nada existe, y los peces bailan de colores fuertes y brillantes. Me hundo. Bien en lo profundo. Bien adentro.
Ya no existe nada.
Suena un teléfono en el Malecón. Mi voz temblorosa quedó resonando en el ambiente. La "China" a mi lado, con la vista perdida en los días que pasan, uno tras otro, en una sucesión militar casi sin novedad.
Esta noche en La Habana alguien se emborracha. Alguien sufre. Alguien llora. Todos sudan.
-¿Es como una espía?
-Y da información. Por eso te llevaron con ella. En la aduana saben. Los taxistas andan con radio, ¿te fijaste?
-... ¿si?
-¿No viste como un gualqui talki?
-Ah si - Ni yo mismo me creí esa respuesta
-Así que cuidado con lo que hables con ella
-Ajá
-En verdad acá no hay que confiar en nadie. Pero tienes que tener el corazón abierto.
Me deslizo en mi cuarto como si fuera un centro de detención de la CIA. La "China" esta viendo tele. 35 euros. Y encuentro 15 pesos. Mejor los dejo. Sospecho.
-¿De dónde eres, hermano?
-De Chile. Santiago.
-¿Y qué haces por estos lados?
-Vine a regalar plata.
-¿Y cómo es eso? - Un centelleo de película
-Y... me calzaron con 20 euros.
Una sinfonía de peces con forma de niños nada a mi alrededor. Se corrió la voz. Algo de carnada puede quedar en ese anzuelo liso.
La hija de la "China" quiere quejarse frente al comité de no se qué, y en la oficina de muchas cosas. Tiene miedo. Abrir la boca en el lugar no indicado te puede hacer tragar moscas demasiado grandes. Irónicamente, se la pasan fumigando la ciudad.
No quiero ni asomarme del susto.
-Él estaba advertido. Si le habían dicho que no hiciera eso en la calle.
El gordo burócrata tropical. Suda. Todos sudan.
Delgada, casi perfecta en su uniforme verde, ella me ayuda. Fantasía del gordo. Todas las noches suda más pensando en ella.
Comienza la historia: El Francés era policía en su país y en los barrios bajos lo dejaron descalzo y sin collares ni cadena. En un barrio chino donde no hay chinos, donde todo cuesta oro y nadie tiene nada. Me envuelvo en una nube húmeda. Despacito, con sopor. Sudando. Con nostalgia, en otro lugar del tiempo, donde nada existe, y los peces bailan de colores fuertes y brillantes. Me hundo. Bien en lo profundo. Bien adentro.
Ya no existe nada.
Suena un teléfono en el Malecón. Mi voz temblorosa quedó resonando en el ambiente. La "China" a mi lado, con la vista perdida en los días que pasan, uno tras otro, en una sucesión militar casi sin novedad.
Esta noche en La Habana alguien se emborracha. Alguien sufre. Alguien llora. Todos sudan.
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