Surcando el universo infinito entre medusas espaciales que se deshacen en golpes de luz y bolas de fuego incandescentes oscilando sobre una fina capa de tejido dimensional.
La nave, un velero intergaláctico roído por las aguas del vacío, se desliza silenciosamente entre las olas de energía. Su tripulación poco o nada sabe de que su remoto hogar se deshace entre nubes de radiación y polvo. Un punto de luz opaca y azulina se apaga lentamente en el frió interestelar.
Los marineros, abducidos por un sueño lejano, siguen rumbo fijo hacia la estrella polar, aquella doncella inmóvil que los hace palidecer, y como un metal que recorría sus venas, la melancolía se acomodaba en algún rincón cercano a su pecho. Las velas ondeaban inmóviles. Los sextantes y astrolabios fijaban una recta línea que se perdía en el horizonte negro.
Hacía meses, quizás años, que ya nadie hablaba con nadie. Simplemente ya no había de qué hablar. El tiempo estaba embotellado junto a la comida en dentríficos y a los pulcros barriles de agua. Hileras de negros engranajes remaban al compás de un tambor de acero quirúrgico, en una oscura bóveda apagada de existencia.
El viaje, lo sabían todos, no tendría fin. No habría jamás un viejo puerto donde poder tirar amarras, anhelos ni deseos. No habría jamás nadie que los recibiera junto a la brisa calida que suele preceder al retorno.
El cascarón lentamente se desintegraba, lanzando pequeñas estrellas al infinito, y por sus grietas se filtraba despacio, la nada.
La nave, un velero intergaláctico roído por las aguas del vacío, se desliza silenciosamente entre las olas de energía. Su tripulación poco o nada sabe de que su remoto hogar se deshace entre nubes de radiación y polvo. Un punto de luz opaca y azulina se apaga lentamente en el frió interestelar.
Los marineros, abducidos por un sueño lejano, siguen rumbo fijo hacia la estrella polar, aquella doncella inmóvil que los hace palidecer, y como un metal que recorría sus venas, la melancolía se acomodaba en algún rincón cercano a su pecho. Las velas ondeaban inmóviles. Los sextantes y astrolabios fijaban una recta línea que se perdía en el horizonte negro.
Hacía meses, quizás años, que ya nadie hablaba con nadie. Simplemente ya no había de qué hablar. El tiempo estaba embotellado junto a la comida en dentríficos y a los pulcros barriles de agua. Hileras de negros engranajes remaban al compás de un tambor de acero quirúrgico, en una oscura bóveda apagada de existencia.
El viaje, lo sabían todos, no tendría fin. No habría jamás un viejo puerto donde poder tirar amarras, anhelos ni deseos. No habría jamás nadie que los recibiera junto a la brisa calida que suele preceder al retorno.
El cascarón lentamente se desintegraba, lanzando pequeñas estrellas al infinito, y por sus grietas se filtraba despacio, la nada.
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