Sin importar cuanto más se apretara el cilicio ni cuantos padre nuestro repitiera, todas las noches volvían y entre las tinieblas se inmiscuían como obra del maligno y sus embustes. Primero, y siempre, aparecía una pradera celestial, esponjosa y brillante, y sonaba un laúd. Cuando le vino el día de su decimosexto cumpleaños por vez primera, pensó que había muerto y que estaba entrando al cielo. Él, sin mácula ni arrepentimiento, fue invadido de un oscuro placer, un éxtasis divino que lo inflamó como una antorcha y entre el fuego celestial despertó todo mojado. Cien días purgando y de laceraciones hasta quedar casi muerto. “Estoy limpio de nuevo”, pensó. Y se encomendó al buen Jesús para alejar a sus demonios. Pero al tiempo después volvieron a aparecer, y hacer presa de la angustia a nuestro santo. Ahora aparecían ángeles de bellas formas que acariciaban su desnudo cuerpo, y el roce de sus alas lo hacía perder toda cordura. Trataba de no dormir y se la pasaba orando pero no hay cuerpo que pueda contra la dulzura del descanso, y mientras más tiempo despierto pasaba, más raudos y violentos sus sueños, o alucinaciones, se presentaban. “¿Hasta cuándo, oh Señor, me pones a prueba?” se preguntaba. A los ángeles los siguieron esos hermosos jóvenes del monasterio, Diego, Agustín, Basilio, Julián. El tacto de su carne era cálida y sabían más dulces que el cáliz de la misa. Ahí fue cuando creyó que se volvería loco. Comenzó hacerse azotar todas las mañanas, colocado en un cabestrillo, afirmando un rosario. “Hasta que sangre”, le había dicho al viejo custodio. Y lloraba. Lloraba en medio de la noche, cuando despertaba de una de sus fantasías y su corazón parecía querer arrancársele. En la oscuridad del monasterio de piedra se oía el eco de sus sollozos implorando el perdón.
Dicen que parece que lloró mucho, o fue por la sangre que derramó que iba a terminar matándolo, que Dios se apiadó de él. Y como todas las noches una noche le mandó los verdes prados llenos de ángeles y frailes puestos mano a mano, unos enfrentes de los otros, y en medio desfilaba un gran pasillo que nuestro santo siguió. Y al fondo había una luz que con voz de madre le decía: “Ven hijo, no temas” y estiraba sus largos brazos. San Gregorio el Grande fue, y se acurrucó en el vientre luminoso de la Virgen mientras ella le acariciaba los cabellos. “No temas” decía. Y él le contestó “ya no tengo nada que temer”.
Dicen que parece que lloró mucho, o fue por la sangre que derramó que iba a terminar matándolo, que Dios se apiadó de él. Y como todas las noches una noche le mandó los verdes prados llenos de ángeles y frailes puestos mano a mano, unos enfrentes de los otros, y en medio desfilaba un gran pasillo que nuestro santo siguió. Y al fondo había una luz que con voz de madre le decía: “Ven hijo, no temas” y estiraba sus largos brazos. San Gregorio el Grande fue, y se acurrucó en el vientre luminoso de la Virgen mientras ella le acariciaba los cabellos. “No temas” decía. Y él le contestó “ya no tengo nada que temer”.