domingo, 30 de marzo de 2008

Los sueños eróticos de San Gregorio

Sin importar cuanto más se apretara el cilicio ni cuantos padre nuestro repitiera, todas las noches volvían y entre las tinieblas se inmiscuían como obra del maligno y sus embustes. Primero, y siempre, aparecía una pradera celestial, esponjosa y brillante, y sonaba un laúd. Cuando le vino el día de su decimosexto cumpleaños por vez primera, pensó que había muerto y que estaba entrando al cielo. Él, sin mácula ni arrepentimiento, fue invadido de un oscuro placer, un éxtasis divino que lo inflamó como una antorcha y entre el fuego celestial despertó todo mojado. Cien días purgando y de laceraciones hasta quedar casi muerto. “Estoy limpio de nuevo”, pensó. Y se encomendó al buen Jesús para alejar a sus demonios. Pero al tiempo después volvieron a aparecer, y hacer presa de la angustia a nuestro santo. Ahora aparecían ángeles de bellas formas que acariciaban su desnudo cuerpo, y el roce de sus alas lo hacía perder toda cordura. Trataba de no dormir y se la pasaba orando pero no hay cuerpo que pueda contra la dulzura del descanso, y mientras más tiempo despierto pasaba, más raudos y violentos sus sueños, o alucinaciones, se presentaban. “¿Hasta cuándo, oh Señor, me pones a prueba?” se preguntaba. A los ángeles los siguieron esos hermosos jóvenes del monasterio, Diego, Agustín, Basilio, Julián. El tacto de su carne era cálida y sabían más dulces que el cáliz de la misa. Ahí fue cuando creyó que se volvería loco. Comenzó hacerse azotar todas las mañanas, colocado en un cabestrillo, afirmando un rosario. “Hasta que sangre”, le había dicho al viejo custodio. Y lloraba. Lloraba en medio de la noche, cuando despertaba de una de sus fantasías y su corazón parecía querer arrancársele. En la oscuridad del monasterio de piedra se oía el eco de sus sollozos implorando el perdón.

Dicen que parece que lloró mucho, o fue por la sangre que derramó que iba a terminar matándolo, que Dios se apiadó de él. Y como todas las noches una noche le mandó los verdes prados llenos de ángeles y frailes puestos mano a mano, unos enfrentes de los otros, y en medio desfilaba un gran pasillo que nuestro santo siguió. Y al fondo había una luz que con voz de madre le decía: “Ven hijo, no temas” y estiraba sus largos brazos. San Gregorio el Grande fue, y se acurrucó en el vientre luminoso de la Virgen mientras ella le acariciaba los cabellos. “No temas” decía. Y él le contestó “ya no tengo nada que temer”.

sábado, 29 de marzo de 2008

Babilonia cae

Estoy viendo borroso. Desparecieron las tres últimas cartas que habían sobre la mesa y comencé a ver todo como a través de un lente empañado. ¿O será el mundo que se esta borroneando? Da igual. De todas formas mañana a primera hora tendré que ir a ver al oculista. ¿Dónde habrán terminado las cartas? Esas malditas, seguro fue Articefio a esconderlas. Si no fuera porque tiene cien años más de experiencia que yo. Ciento tres, para cuadrar bien las cuentas. Y el bufón sigue cantando como si nada. Por lo menos ya no lo veo, ni a sus chillonas cintas multicolores. El rey parece dormido. No sabe del complot. No sabe que sus asesinos son aquellos mismos en quien más confía. Bien. Nunca me gustó tampoco. Parece que con la edad me voy poniendo más quejumbroso, ya nada me llama la atención, por lo menos en la buena manera. Si hay algo que logre conmoverme, de seguro es una mujer desnuda en mi cama. Me conmuevo de mi mismo. Parado, sin poder hacer nada. Sólo la delicia para los ojos. Que más encima se me están echando a perder. Demonios.
Y como si del más allá los hubiese invocado, bajo el llamado de Hasufal, el Señor de las Tierras Subterráneas, aparecieron frente a mí. Rojos, tal como los describen las crónicas y anales de no se qué poeta loco. Con su sonrisa que asoma dientes afilados y blancos, y una cola por cada trasero que se materializó. Y por pocos centavos me compraron el alma. En fin, ya no la usaba mucho y corría el riesgo de estropearse. Con este dinero, me compraré una casa frente a un lago. O mejor me compro el lago. ¿Cuánto puede llegar a costar un lago sin orillas? Supongo que no mucho. Y las cartas no aparecen. Creo haber visto tres reinas de corazones, si bien insisto en que mi vista no es algo en lo que pueda confiar mucho. Mi historia:
Nací en un lugar del que no vale la pena acordarse, digo así porque ni siquiera yo me acuerdo. A los tres años de vida fui trasladado a Babilonia la Eterna, de donde nunca he puesto un pie fuera. Mi madre me vendió a un mercante de esclavos, junto a mi dote de encantador de serpientes. Y mi alma. Una vez probé con un cocodrilo, pero se llevó mi mano derecha. Así llegué a la corte real, donde obtuve todo lo que quería menos mi libertad. Y hoy día, propio esta noche, mi amo me la jugó a las cartas. Yo tenía todo para vencer, cuando un despiste, una llamada del vacío me hizo girar la cabeza y las cartas desaparecieron. ¿Y qué tienen que ver los demonios a todo esto? No tengo idea. Ahí están, devorando las sobras del banquete, toqueteando a las señoras, y a las no tanto, y emborrachándose con el vino envenenado. Benditos ellos, que no pueden morir. Pronto acá será un desastre; cuando el veneno haga su efecto, toda la corte caerá inerte al piso como acariciados por la peste. Y dicen los sabios que Babilonia caerá también, y a sus pies los cimientos más profundos saldrán a la luz del sol. ¿Y qué me importa? Si no encuentro mis cartas, de seguro quedare ciego, y más encima sin mi alma, que caiga Babilonia o se abra el cielo, me encante cual serpiente que no pueda despertar.

Y al día siguiente cayó Babilonia, y todos quedamos convertidos en estatuas de sal, en oscilantes formas que danzan como reptiles al sol...

Y al día siguiente cayó Babilonia la Eterna, y la sal oscilaba frente a un desierto de sol, como reptiles, como formas...

Y al día siguiente la Eterna oscilaba, cayendo, convirtiéndose en sal, convirtiéndose en sol...

Y al día siguiente cayó Babilonia

Y Babilonia no fue más llamada la Eterna, sus formas se convirtieron en sal, en reptiles, en danzas frente al sol...

Oscilaron
Como reptiles al sol... eternos, inmóviles como estatuas de sal...

Babilonia cae....
Frente a mis ojos que ya no ven sino siluetas, estatuas de sal.
Y en mi cama, desnudas, tres reinas de corazones, que me devoran como un reptil. Como un reptil. Como a un reptil. Un reptil, a un reptil, como un reptil.
(este es el fin)

Underground Reflections

Me subí al metro una tarde y tenía una araña en el pantalón. Nunca me han gustado mucho las arañas. Quizás cuando niño, pero a esa edad uno no tiene miedo a nada que sea real.
El pobre anciano que estaba a mi lado debió pensar que lo estaba asaltando, mientras yo no podía sacarme la araña de encima. Murió de un infarto (no la araña, ella seguía viva y tejiendo la muy maldita). Me sacaron entre varios guardias, la gente gritaba por la estación. Con un par de pistolas apuntándome a la cabeza, tuve que ceder a la batalla y la criatura comenzó a ganar terreno. Ya estaba cerca de mi pecho cuando me encerraron. Por fin solo frente a ella. Pensé en una maniobra rápida de ataque y evasión, pero la muy inteligente se adelanto a mi mano y fue a caer en el bolsillo de mi camisa.
-“Que asco, quizás ponga huevos ahí dentro y luego serán miles” pensé. Me imaginé en una isla desierta junto a ella, luego comenzaba a reproducirse, de los huevos salían ejércitos de arañitas que iban adueñandose de la isla. Al final era sólo una mole negra flotando en el mar, y yo al centro, el dios-araña, un ser mitológico gigantesco, guiándo a mi ejército de arañas por el mundo, dominando a todas las especies, haciendo renacer la tierra en una nueva era de ocho patas.
Me liberaron al día siguiente por falta de pruebas, según declaró el juez. Yo estaba preocupado por mi araña, la podían encontrar y mis planes fracasarían. Pero nadie la encontró, ni siquiera yo, una vez que llegué a casa y me saqué la camisa. Tal vez sea más fácil criar conejos.

lunes, 24 de marzo de 2008

Una historia paralela

Surcando el universo infinito entre medusas espaciales que se deshacen en golpes de luz y bolas de fuego incandescentes oscilando sobre una fina capa de tejido dimensional.
La nave, un velero intergaláctico roído por las aguas del vacío, se desliza silenciosamente entre las olas de energía. Su tripulación poco o nada sabe de que su remoto hogar se deshace entre nubes de radiación y polvo. Un punto de luz opaca y azulina se apaga lentamente en el frió interestelar.
Los marineros, abducidos por un sueño lejano, siguen rumbo fijo hacia la estrella polar, aquella doncella inmóvil que los hace palidecer, y como un metal que recorría sus venas, la melancolía se acomodaba en algún rincón cercano a su pecho. Las velas ondeaban inmóviles. Los sextantes y astrolabios fijaban una recta línea que se perdía en el horizonte negro.
Hacía meses, quizás años, que ya nadie hablaba con nadie. Simplemente ya no había de qué hablar. El tiempo estaba embotellado junto a la comida en dentríficos y a los pulcros barriles de agua. Hileras de negros engranajes remaban al compás de un tambor de acero quirúrgico, en una oscura bóveda apagada de existencia.
El viaje, lo sabían todos, no tendría fin. No habría jamás un viejo puerto donde poder tirar amarras, anhelos ni deseos. No habría jamás nadie que los recibiera junto a la brisa calida que suele preceder al retorno.
El cascarón lentamente se desintegraba, lanzando pequeñas estrellas al infinito, y por sus grietas se filtraba despacio, la nada.

Sin título

El horizonte estaba justo en ese punto que pasa a ser un desenfoque del borde de la tierra, como un detalle mirado con detención en una pintura. El trigo brillaba de un café dorado, por millones. En el fondo, y un poco a la derecha del único árbol que se erguía como referencia, un ojo negro rajaba como a un vientre inflado, al universo.

Hay en algún lugar, una danza. Hay lugares comunes, como el viento o el fuego, y otros lugares extraños, como una caverna empapelada en terciopelo barato. Hay temas recurrentes, y temas que demoran.

El ojo de a poco se agranda y va consumiendo aquello que lo rodea.

Hay ranas venenosas en la selva, de colores fuertes. Hay copihues de colores fuertes. Los copihues y las ranas son objetos comunes. Hay objetos no comunes, como una espátula de hilo de pescar.

El vacío absoluto es un lugar común. Va devorando lentamente todo el trigo brillante de un planeta donde existe tan sólo un único árbol, un único punto de referencia.

La isla de Dios y la tierra prometida

- Esta no es la isla del narcotráfico ni de la hechicería. No es la isla de los turistas ni del adulterio ni del maligno

La gente, con sus manos alzadas al cielo vacío, lloraba excitada. El predicador, negro como la noche que lo rodeaba, se inclinó para tomar aire, y dándole un fuerte impulso a las palabras dijo:
- Ésta es la isla de Dios

Había un desde, que marcaba el inicio en algún desierto lejano, y un hasta, que pedía la puesta del Sol. Dios te regalaba las tierras entremedio, a cambio de un poco de fe. El pastor tuvo un momento de lucidez.
- Si caminamos hacia donde se pone el sol, éste nunca acabara de ponerse hasta que demos la vuelta a la tierra

Silencio general. Los atónitos feligreses se miraban unos a otros. Un par de murmullos se dejaron escapar.
- ¿Que estáis esperando, hermanos míos?

Repentinamente un trueno rajó el ambiente con su profético rugido.
- Es ahora o nunca – gritó el pastor, mientras todos se ponían a caminar con rumbo incierto hacia un horizonte que parecía infinito.

Hacía un calor de los mil demonios. Los perros no andaban con ganas de ladrar.

Kwatz!

- Pase, por favor
- Es que no funciona la llave
- Bueno, inténtelo nuevamente
- ¿No me puede abrir usted?
- Me temo que no. Va en contra del reglamento
- Pero si yo escribí ese reglamento
-Señor, entonces debiera tener más cuidado con lo que escribe
- Lo se. Es esa falta de previsión genética lo que me esta matando
- Si, son días difíciles

La puerta se abrió lentamente y con un crujido. Bajo el alero se recortaba la vieja y polvorienta silueta de Daisetz Teitaro Suzuki, en su versión NO – Zen. Saco su espada (si, siempre llevaba una consigo) y exclamó en viva voz:
- ¡Éste es el ruido de una mano!
Sin decir más, dejó caer su espada, partiendo por la mitad el escritorio de su conserje. Éste lo miró, y le dio su bendición.

Revolución

El ejército libertador de libertades y opresiones abrió su marcha entre los cuarteles generales del tirano y egoísta. Ráfagas de metralleta y fuertes cañonazos derrumbaron los cimientos del régimen, y el pueblo volvió a ver la luz del sol.
Bis… ad infinitum
Comenzó el bloqueo. Por fuera eran los barcos, por dentro las ideas. Ahí entra la gran juguera internacional a separar los ingredientes: un poco de dictadura, ánimos de revolución, marxismo y fascismo, un poco de caca y divisas, dólares y devaluación.
1000 giros y la misma mierda

- ¿Tu vas a quedarte acá, que necesito salir?
+ Bueno pero ¿a qué hora vuelve?
- Sí
+ ¿A qué hora vuelve?
- Sí
+ ¿A qué hora?
- Sí
+ ¿A qué hora vuelve? ¿A qué hora?
- ¿Te preparo el desayuno?
+ Bueno ya

Así comienza la gran revolución. Grande grande. No un levantamiento. Ni una toma de armas. Re-vo-lu-ción. Re-Evolución. Re-volvición. Todos vueltos locos como maricón emplumado. Tengo un auto que manejo a 3000 revoluciones por minuto.

Revolución = giro
La puta que te parió = tu madre

El giro y tu madre:

Mantequilla made in Republica Checa. Con ganas. Con ella lubrico el auto. Queso con sabor a mantequilla, para el pan.

Giro

Mantequilla holandesa o suiza. Fina. Para panes finos. Queso de vaca virgen. Aperitiv.

Giro

No hay queso ni mantequilla.

Giro

Hay queso y mantequilla, pero a nadie le alcanza para comprarlos.

Giro

Bajan los precios, alcanza para todos.

Giro

Las putas son las más baratas del mundo

Vuelta al inicio.

“Las revoluciones son la continuidad inversa de los sistemas que las antecedían. No existe revolución triunfante que no muera frente al exceso de poder”

miércoles, 13 de febrero de 2008

Un día sin Sol

“No quiero trabajar más”, dijo el Sol un día, y se mandó a cambiar. Y todos quedamos sumidos en la eterna noche. Con el pasar del tiempo, el día se transformo sólo en un recuerdo, luego en un mito y después se olvidó. En el fondo de cada uno quedaba un recuerdo de aquella luz, pero nadie entendía, o siquiera se preguntaba qué había podido ser aquello. Por otra parte, el ser humano comenzó a acostumbrarse a la oscuridad, y no tardó en desaparecer también la luz artificial. Ciertamente esto llevó a que empezáramos a dejar de usar nuestro sentido de la visión, y comenzaron a nacer los primeros niños sin ojos. Cuando el Sol volvió, ya nadie pudo notarlo. Sólo sintieron un poquito más de calor. Muchos rieron, pero hubo algunos que, aunque sin lágrimas, lloraron.

La insoportable fugacidad del ser

Las alucinaciones se repetían cada vez con más frecuencia. Él era quién había condenado a la propia muerte a la silla eléctrica, y en castigo ella le dio la vida eterna. Ahora el mundo no era más que una roca que giraba alrededor de una estrella moribunda. Inmóvil, casi mimetizado con el paisaje inerte que lo rodeaba, sufría de extrañas alucinaciones. Al principio fueron poco frecuentes y entre ellas se abrían siglos de espera. Pero ahora le venían cada vez más seguidas, muchas veces antes de que la tierra completase un giro alrededor del sol. Eran fantasmas de un pasado remoto, sombras que aparecían frente a sus ojos. Tuvo la vaga sensación de que alguna vez él se movió, y que además no era el único de su tipo que sufrió el movimiento. Pero el instante era demasiado fugaz para poder capturarlo.

jueves, 31 de enero de 2008

Mantaraya

- Los árboles tienen hojas. La sopa nunca esta demasiado fría.
- No entiendo, maestro – replicó tímido el monje
- Ve a buscar la mantaraya. Ella te dará la solución

-¿Dónde mierda voy a encontrar una mantaraya acá en el Tíbet? – Gruñía en sus pensamientos. Las moles rocosas salpicadas de nieve le parecían cagaderos de aves gigantes. Se figuró que podía existir una mantaraya voladora que se devorara a su maestro. Buscó sin esperanza alguna durante cien lunas. Nada. Sólo peces y unas ranas. Volvió cabizbajo y refunfuñando. Cuando se le apareció el maestro, de un golpe le partió la cara. Y como un shock eléctrico, súbitamente lo entendió todo.

miércoles, 16 de enero de 2008

El Complot

-La "China" trabaja para la central de inteligencia estatal...

-¿Es como una espía?

-Y da información. Por eso te llevaron con ella. En la aduana saben. Los taxistas andan con radio, ¿te fijaste?

-... ¿si?

-¿No viste como un gualqui talki?

-Ah si - Ni yo mismo me creí esa respuesta

-Así que cuidado con lo que hables con ella

-Ajá

-En verdad acá no hay que confiar en nadie. Pero tienes que tener el corazón abierto.

Me deslizo en mi cuarto como si fuera un centro de detención de la CIA. La "China" esta viendo tele. 35 euros. Y encuentro 15 pesos. Mejor los dejo. Sospecho.

-¿De dónde eres, hermano?

-De Chile. Santiago.

-¿Y qué haces por estos lados?

-Vine a regalar plata.

-¿Y cómo es eso? - Un centelleo de película

-Y... me calzaron con 20 euros.

Una sinfonía de peces con forma de niños nada a mi alrededor. Se corrió la voz. Algo de carnada puede quedar en ese anzuelo liso.
La hija de la "China" quiere quejarse frente al comité de no se qué, y en la oficina de muchas cosas. Tiene miedo. Abrir la boca en el lugar no indicado te puede hacer tragar moscas demasiado grandes. Irónicamente, se la pasan fumigando la ciudad.
No quiero ni asomarme del susto.

-Él estaba advertido. Si le habían dicho que no hiciera eso en la calle.
El gordo burócrata tropical. Suda. Todos sudan.
Delgada, casi perfecta en su uniforme verde, ella me ayuda. Fantasía del gordo. Todas las noches suda más pensando en ella.
Comienza la historia: El Francés era policía en su país y en los barrios bajos lo dejaron descalzo y sin collares ni cadena. En un barrio chino donde no hay chinos, donde todo cuesta oro y nadie tiene nada. Me envuelvo en una nube húmeda. Despacito, con sopor. Sudando. Con nostalgia, en otro lugar del tiempo, donde nada existe, y los peces bailan de colores fuertes y brillantes. Me hundo. Bien en lo profundo. Bien adentro.
Ya no existe nada.
Suena un teléfono en el Malecón. Mi voz temblorosa quedó resonando en el ambiente. La "China" a mi lado, con la vista perdida en los días que pasan, uno tras otro, en una sucesión militar casi sin novedad.

Esta noche en La Habana alguien se emborracha. Alguien sufre. Alguien llora. Todos sudan.

lunes, 7 de enero de 2008

Atajos

La vía más corta para llegar de un punto a otro es exactamente la contraria a la más larga.
H se levantó un día decidido a llegar. No le importaba dónde, ni cómo. Sabía solamente que todos sus problemas se solucionarían si lograba llegar.
Tomó el primer atajo que encontró y no tardó en estar perdido.
- No importa – Se dijo – Sólo tengo que encontrar un punto de referencia.
En ese momento pasaba una tortuga, y viéndolo así tan consternado, se detuvo y con voz calma le habló:
- Tu problema radica solamente en que erraste en el punto de partida.
H, pensativo, decidió entonces retornar sobre sus pasos cautelosamente, tratando de recordar cada detalle del camino que había recorrido.
Cuando luego de varias horas logró llegar, se dio cuenta de la verdad suprema: las tortugas no hablan.